Cómo mediar en un conflicto entre tus hijos
Actualizado: 4 sept
Mediar entre hermanos no significa decidir quién tiene razón, quién empezó o quién tiene la culpa. El papel de los progenitores es ayudarles a comprender qué ha ocurrido, expresar cómo se sienten y qué necesitan, y buscar juntos una solución que tenga en cuenta a ambos.
No posicionarse no significa no intervenir. Si existe violencia, intimidación, amenazas o cualquier conducta que ponga en riesgo a alguno de los hijos, la prioridad será proteger, detener la conducta y establecer límites claros.

Mapa en blanco
Consiste dejar temporalmente en suspenso nuestras ideas previas sobre quién suele empezar, quién suele tener más facilidad para enfrentarse a su hermano o quién suele tener la culpa, para poder escuchar qué está ocurriendo en esta situación concreta.
No se trata de olvidar lo que sabemos de nuestros hijos, sino de evitar que ese conocimiento determine de antemano nuestra interpretación del conflicto.
Por eso, ante cada conflicto, podemos preguntarnos “¿qué está pasando en esta situación concreta?”
COMPRENDER ANTES DE RESOLVER
Antes de buscar una solución, es importante ayudar a cada hijo a expresar su perspectiva y comprender qué ha ocurrido desde su punto de vista.
Algunas herramientas que pueden ayudarnos son:
Escucha empática
El objetivo es crear generar entendimiento, validación y seguridad emocional. Nos permite comprender qué emociones, pensamientos y necesidades hay detrás de lo que nuestros hijos están expresando.
Para ello, debemos adoptar una postura abierta y escuchar sin juzgar ni buscar inmediatamente quién tiene razón.
Por ejemplo, “Estás enfadado porque llevabas un rato jugando y tu hermano ha cogido el juguete sin preguntarte. ¿Es eso lo que ha pasado?”
Escuchar y validar lo que siente un hijo no significa dar por buena su versión de los hechos ni justificar todas sus conductas.
Preguntas abiertas
Son preguntas que permiten obtener más información sobre la situación y ayudan a evitar que el conflicto se reduzca a determinar quién tiene la culpa.
Por ejemplo, “¿qué ha pasado?”, “¿cómo te sientes?”, “¿qué necesitabas en ese momento?” “¿por qué crees…?” o “¿cómo podría solucionarse?”.
Es preferible evitar preguntas que puedan vivirse como una acusación, como “¿por qué has hecho eso?”, especialmente cuando los hijos están muy activados emocionalmente
Reformulación
Consiste en devolver lo que el hijo ha expresado de una forma más clara, concreta y comprensible. Ayuda a clarificar la situación y permite comprobar que hemos entendido correctamente lo que quiere transmitir.
Por ejemplo, en el caso de hermanos pequeños, “entiendo que te ha molestado que coja tu juguete sin preguntarte” y al otro “entiendo que te gusta mucho ese juguete y que no querías quitárselo para que él no jugara.”
O, en el caso de hermanos adolescentes, “entiendo que no te gusta que coja tus cosas sin preguntarte porque puede parecer que no respeta tu privacidad y te da miedo perderlas.”
La reformulación debe recoger lo que el hijo ha expresado sin añadir interpretaciones que todavía no haya confirmado.
Legitimación
Consiste en reconocer que las emociones, preocupaciones y necesidades de cada hijo pueden ser comprensibles desde su propia perspectiva.
Es importante legitimar las experiencias de todos los implicados, sin que ello implique aprobar todas sus conductas.
Por ejemplo, “Es un planteamiento comprensible…”.
Validar una emoción no significa validar una conducta. Podemos comprender el enfado y, al mismo tiempo, establecer un límite.
Por ejemplo, “Entiendo que estés muy enfadado, pero no voy a permitir que le pegues.”
Reencuadre
El objetivo es cambiar la forma de ver la situación para ayudar a los hijos a pasar de una posición de enfrentamiento a una perspectiva que permita encontrar una solución.
Por ejemplo, si uno dice: “¡Siempre me quiere quitar todo!” Podemos reencuadrarlo: “Parece que los dos queréis utilizar el mismo juguete y todavía no habéis encontrado una forma de hacerlo.”
O, ante un conflicto entre adolescentes:
“Parece que los dos queréis poder utilizar las cosas del otro cuando las necesitáis, pero también queréis sentir que vuestra privacidad se respeta.”
El objetivo no es convertir el conflicto en algo positivo, sino orientar la atención hacia aquello que pueden hacer diferente para avanzar.
CONSTRUIR SOLUCIONES
Una vez que cada hijo ha podido expresar su perspectiva y sentirse escuchado, podemos ayudarles a buscar una solución conjunta.
La pregunta no es “¿Quién tiene razón?” sino “¿Qué podéis hacer ahora para solucionar esto?”
Transformar acusaciones en peticiones
Nos ayuda a desactivar la confrontación que pueda existir, de forma que las acusaciones se transformen en peticiones y el diálogo tome una connotación positiva.
Por ejemplo, cambiar “me ha quitado el juguete” por “me gustaría que me dejara jugar con el juguete.” O cambiar “no respeta nada” por “me gustaría que respetaras mi privacidad.”
Buscar excepciones y recursos
Se trata de identificar momentos en los que los hermanos ya han conseguido cooperar, escucharse o resolver situaciones similares.
No buscamos una solución completamente nueva, sino descubrir qué recursos ya tienen y qué hicieron en aquellas ocasiones que les ayudó.
Por ejemplo, “¿os acordáis de aquella vez que estabais jugando los dos juntos con este juguete? ¿qué pasó?”. O “¿cómo te sentiste cuando tu hermano/a te prestó aquello?”
LLEGAR A UN ACUERDO
Consiste en ayudar a los hijos a definir claramente el acuerdo al que han llegado para solucionar el conflicto. El acuerdo debe ser claro, realista y tener en cuenta las necesidades de ambos.
Por ejemplo, quién tiene primero el juguete, cuánto tiempo, si pueden jugar los dos con el mismo juguete, si sirve ese acuerdo para los dos.
Un acuerdo no tiene por qué ser definitivo. Puede probarse, revisarse y modificarse si no está ayudando a resolver el problema.
REPARAR Y COMPROBAR
Resolver un conflicto no siempre termina cuando se alcanza un acuerdo. Si durante la discusión ha habido un daño, puede ser necesario repararlo.
La reparación puede consistir en pedir disculpas, devolver o arreglar algo, reconocer cómo se ha sentido el otro o realizar alguna acción que permita recuperar la relación.
Después, podemos comprobar si la solución ha funcionado, preguntando “¿Cómo os ha ido con el acuerdo?”, “¿qué ha funcionado bien?” o “¿qué cambiaríais para la próxima vez?”
De esta manera, cada conflicto puede convertirse también en una oportunidad para que los hermanos desarrollen recursos para gestionar por sí mismos situaciones similares en el futuro.
Y RECUERDA...
No tienes que decidir quién es el bueno y quién es el malo. Tu papel no es hacer de juez, sino ayudarles a escucharse, comprenderse, expresar lo que necesitan, buscar un solución y llegar a un acuerdo.
Y, cuando sea necesario, poner límites claros para garantizar la seguridad y el respeto.

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